Terminó el año 2009 con varias muertes más o menos próximas y empieza el 2010 con una muy cercana. Ayer me enteré de la muerte accidental, a los 71 años de vida, de mi padrino. Con él, Eliseo, y con su mujer, mi madrina Aurora, mantuve una relación, aún en la distancia, intensa pero peculiar.
En facebook se le podía encontrar, y yo sin suponerlo siquiera.
Cuando uno es pequeño tiende a idealizar a los mayores y cuando crece a desmitificarlos. Yo aprendí a quererlo y a valorar sus logros personales con los años. Si de pequeño aquel señor que venía de vez en cuando a casa y me traía siempre algún regalo y el descubrimiento de un mundo lejano (vivió hasta su jubilación en la ciudad donde yo nací, Hannover) a través de sus historias y otras que me contaba (gracias a él descubrí quién era Julio Verne), de mayor valoré su progreso social y su absoluta integración en una sociedad tan distinta a la nuestra.
Más tarde tuve la ocasión de vivir y trabajar durante tres meses (el verano de 1990) en su casa y en su empresa (un puesto de venta de café y productos italianos y españoles en el mercado -Markthalle- de mi adorada ciudad de Hannover). Gracias a esa convivencia aprecié aún más su gran corazón, su bondad natural y también sus escasas pero intensas rabietas, su timidez y su valentía.
Lo mejor de aquel verano no fueron tanto los marcos que junté con lo que ahorré de lo que me pagaban, ni los objetivos que me compré para mi primera cámara reflex (que ellos me habían traído en un viaje anterior, por encargo), ni los muchos sitios que visité, sino convivir con dos personas que lo daban todo a quien con ellos estuviera. Si eran grandes físicamente tambien lo eran, aún más, de corazón. Sus amigos alemanes y españoles, muchos, podrán confirmar mis palabras.
Además, descubrí en profundidad otra faceta de mi padrino que me sorprendió en un primer momento y que luego comprendí en toda su extensión. Mi padrino tenía muchos hermanos, cientos de miles de hermanos por todo el mundo, y confiaba en ellos así como ellos confiaban en él. Y es que mi padrino era masón, y para serlo tuvo que aprender y estudiar mucho alemán, demostrar una conducta ejemplar, tener el valor y la decisión de integrarse de por vida en una sociedad que, en nuestro país, sigue siendo aún un misterio o un tabú del que no se puede hablar.
Yo entré, de la mano de mi padrino, en su Logia de Schwarzer Bär (Del Oso Negro) como un niño que entra en un museo y se queda entre anonadado por lo que allí ve y no sabe interpretar y sorprendido por estar en un lugar presuntamente vetado a cualquiera que no sea miembro, con respeto y no sin cierta prevención. Supe por él algunas cosas más sobre masonería y masones, cosas que probablemente no se deban saber.
Puede que hasta cierto punto yo haya sido una decepción para él porque -estoy casi seguro- le habría gustado que yo le hubiera pedido ser miembro de su sociedad, pero aunque los ideales de libertad, igualdad y fraternidad que proclaman me parecen magníficos y ejemplares, hay un condicionante que me veo incapaz de solventar: ellos parte de la premisa de que este mundo ha sido concebido por un ente superior de gran inteligencia al que denominan el Gran Arquitecto Del Universo (GADU), mientras que yo creo en un gran caos universal, en un azar absoluto que lo rige todo... bueno, algo así.
Los años pasaron, nuestra relación pasó por buenos y malos momentos, y algún tipo de azar del destino hizo que hubiera un tremendo malentendido conmigo. No es fácil de explicar que alguien a quien aprecias sinceramente de repente crea que le has mandado al cuerno y que, además, no haya forma de hacerle entender que no ha sido así.
Desde entonces, cada vez que pasaba por delante de su casa no podía evitar mirar para su balcón y pensar que allí había un hombre con un corazón enorme que yo, sin saberlo, había contribuido a romperse en mil pedazos el mismo día en que su Aurora, la mujer que le acompañó durante más de cuarenta años, falleció. Ella lo era casi todo para él, y él sin ella no era casi nada. Debió sufrir mucho durante este último año de su vida. Así me lo confirmaba una amiga suya esta misma tarde. La idea del suicidio pasó más de una vez por su mente porque su amor ya no estaba con él, pero su hombría y su valor hicieron que soportara este mundo hasta este jueves, cuando su corazón (con varios bypass desde hace unos cuantos años) le abandonó definitivamente.
En homenaje a este hombre esencialmente bueno os dejo una pieza que tengo la certeza de que le gustaba. No creo que fuera su favorita, pero como sé que es de su compositor favorito y que además es una composición pensada específicamente para un funeral masón, me parece lo más adecuado para este momento.
Eliseo, descansa en paz y, si existe una vida después de la muerte, dale un beso enorme y un abrazo a tu Aurora, ahora que estás junto a ella. En mi corazón seguís estando los dos para siempre inevitablemente juntos, y esa es para mi la eternidad.