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Cerrado temporalmente por reformas



Sintiéndolo en el alma me veo obligado a darle una temporada de descanso al blog, aunque últimamente ya no estaba muy activo que digamos.




Nos vemos en las carreras, en esos montes... haciendo fotos.


Una jornada por el Pindo



El monte Pindo, más conocido como el "Olimpo de los Celtas" siempre será una montaña mágica en todos los sentidos del término.

Por su belleza agreste, por sus formaciones rocosas que tanto juego proporcionan a la imaginación, por su privilegiada localización, por su colosal orografía, por su cambiante clima, por sus hermosos rincones, por su vegetación y por su mitología el Pindo será una referencia dentro de mi imaginario particular.


Un solo día hollando sus escarpadas laderas es más que suficiente para advertir que nos encontramos ante un magnífico ejemplo de lo que los poderes de la madre tierra pueden generar, de lo que los agentes climatológicos pueden formar, de lo que el tiempo y la paciencia pueden esculpir, de lo que puede surgir en un ambiente hostil por naturaleza.

Uno no puede evitar girar la cabeza a cada segundo para descubrir miles de detalles entre los infinitos bolos de granito de biotita que semejan haber caído rodando por sus extensas laderas y hasta los poco más de 600 metros de altitud que alcanza en "A Moa".

Podemos encontrar un bufón de naríz aguileña surgiendo de entre las paredes rocosas que vigilan las puestas de sol sobre el "Finis Terrae", otro de los espectáculos que una jornada nos puede ofrecer en este lugar tan peculiar.



Y desde los detalles más ínfimos, como estos brezos,



hasta los restos de un antiguo bosque de pinos desaparecido en alguno de los muchos incendios que año tras año asolan nuestra región


podemos encontrar un pequeño carballo enfermo

surgiendo como por arte de magia tras una vuelta del camino que nos devuelve a casa,

o esos frutos rojos que llaman nuestra atención en medio de un verde "recuncho", pues en cada recodo del camino hay un microclima amparado entre paredes esculpidas con gran paciencia por la mano implacable del viento y la lluvia.


Por algo el Monte Pindo destaca como punto de interés geológico, acoge 5 hábitats diferentes y 8 especies vegetales protegidas.


Primer entrenamiento en O Grove



Casi un año después del último que salí a rodar por O Grove, he vuelto a tomar contacto serio con su asfalto y sus onduladas carreteras. Atardecía ya cuando me calcé las viejas “zapas” Mizuno (las primeras que tuve de esa marca, y cuyo modelo a día de hoy sigue siendo un misterio sin resolver) a las que aún sigo sacando partido porque todo lo resisten las muy desgraciadas.

En el plan del día aparecían 16 kilómetros y, como no me acordé de traer el GPS con el que suelo salir a rodar, preferí no arriesgar por una ruta desconocida y tirar hacia una distancia que ya tengo controlada del año pasado. Ir y volver desde el camping hasta O Grove por la carretera que bordea la península del mismo nombre por el oeste y el norte suma esa distancia exactamente, e incluye un plus de cansancio pues cuenta con un par o cuatro de cuestas de las que realmente marcan la diferencia entre un perfil simplemente sinuoso y uno verdaderamente duro.

La temperatura, aunque algo elevada, resultaba agradable porque la eterna brisa que azota la costa de este municipio compensa con creces los efectos del calor. El sol, además, comenzaba ya a mostrar síntomas de cansancio en su declinar hacia poniente y sus rayos resultaban más agradables que apenas una hora antes.


Una de las vistas que puedo ver en mis entrenamientos

Ataqué la primera subida con ánimo y prudencia ya que era consciente del recorrido que me esperaba, pero aún así noté enseguida que mi estado físico era ligeramente mejor que un año atrás. En las primeras bajadas no me lancé a lo loco sino que, consciente de que lo que estoy preparando es un maratón (y además de montaña), preferí recuperar fuerzas sin acelerar el pulso más de lo necesario. Cuando uno está cogiendo fondo físico lo de menos es acelerar el corazón y lo más importante es acostumbrarlo a un esfuerzo constante durante un tiempo prolongado. Mientras eso sucede, el ritmo de carrera permite detenerse en el viejo hábito de comparar los recuerdos con el momento actual: un bosque de eucaliptos a la izquierda que ha desaparecido y ahora nos deja ver la isla de Sálvora recortándose contra el horizonte; otro bosque de pinos que ha desaparecido sin dejar mayor recado que un cartel de “Se vende” y un número de teléfono; un triángulo de unos 300 metros cuadrados al borde da la carretera que ha ardido no ha mucho… en fin, lo de siempre en esta tierra tan elemental.

Digo lo de elemental por varias razones, no siempre despectivas. Por un lado es bien cierto el hecho de que las cosas que cambian casi siempre son las mismas, y eso hace que ese “sota, caballo y rey” sea la base del progreso, o del simple cambio, o del paso del tiempo sin más florituras. Ahí es donde encaja a la perfección el calificativo elemental aplicado a mi tierra gallega. Sin embargo no es menos cierto que esta zona en particular (y cuando hablo de esta zona me refiero al Grove y a la isla de Ons y sus acólitas Onza y Onceta) se caracteriza por conjugar los cuatro elementos básicos que conforman el mundo, según el saber de los antiguos: la tierra en toda su simplicidad y su crudeza; el aire que nunca abandona su labor –como bien saben todos los que han vivido alguna temporada en esta avanzadilla sobre el atlántico- hiriente y balsámica; el agua que prácticamente rodea ambos lugares –si bien el Grove es una península el istmo que la une a tierra firme no es sino una lengua arenosa que el viento y las mareas han ido formando con el paso de los siglos- y que embravecido azota sus rocosas costas; y el fuego primigenio que tanto arraigo tiene (quien haya estado en Ons sabrá que hay tradición pirómana entre los isleños) y pasión levanta entre las gentes del lugar.

En fin, que al cabo de cuatro o cinco kilómetros, no sé exactamente cuántos, volví el rostro hacia el noroeste, y descubrí varias figuras encarnadas revoloteando en la línea que separa la tierra del mar. Los aficionados al “kite surf” encontraron que la brisa que a mi me refrescaba para ellos era el alimento que henchía sus velas, cuyo colorido, destacando en el contraluz, alegraba el paisaje aportando esa nota distinta.

Seguí mi camino intentando recordar cuándo tocaba subir y cuando bajar; cuándo el falso llano puede pasar factura y cuándo la cuesta no permite recuperarse del esfuerzo… y a la par encontré la misma viejecita acompañada por el mismo perro que un año atrás, tejiendo ella hermosas trenzas de cebollas otra vez, reposando su viejo cuerpo el animal en idéntica actitud indolente.

Unos metros más adelante recordé que tengo una cita pendiente con un restaurante de la zona descubierto con ocasión de mi tercer recorrido por esta ruta. Dos veces pasé delante de sus muros sin fijarme en las letras metálicas que decoraban una sencilla fachada de estética minimalista. La tercera me llamó la atención el atril con la carta, expuesto a la entrada, y no pude evitar interrumpir el entrenamiento para echar un ojo a la propuesta culinaria. No recuerdo ahora los detalles, pero sí la sensación de unos nombres no por rebuscados menos interesantes… y en ese preciso momento me prometí reservar una ocasión especial para cenar allí. Igual habría que esperar un par de años, ya que los niños aún son pequeños para atreverse con platillos de extraña factura, pero la idea fraguó en ese preciso instante. Sólo espero que el local resista los embates de la maltrecha situación económica del país y aguante al menos hasta que yo pueda encontrar la ocasión de ir. Creo que puedo seguir manteniendo la esperanza de ir algún día y catar sus delicatessen, la carta seguía puesta a modo de cebo en la puerta de entrada.


Uno de los "platillos" que nos ofrecen en el famoso restaurante... ¡qué pinta!

Pasé la “costa” y giré de nuevo. Con cada cambio de dirección la sombra que me acompaña con su rítmico movimiento de brazos y piernas gira y se encoje o se alarga sobre el asfalto, recortándose contra un muro de piedra o desapareciendo entre el matorral. El aire de mi respiración y el azote del viento contra mis oídos son los sonidos que acompañan cada nueva zancada, y mi cuerpo aprende a escucharse a cada paso, a identificar si va cómodo o forzado en relación a sus posibilidades y la dificultad que el asfalto le plantea. Cosas así me recuerdan lo bien que explicaba Haruki Murakami su afición a correr, y espero no resultar tedioso con la mía.

De repente en un jardín una escena familiar llama mi atención: una madre lanza una pelota a su hija ante la mirada tierna del padre. Mi trote llama su atención, supongo que por lo poco habitual de alguien corriendo por el lugar, y de repente descubro que esa madre es una vieja compañera de estudios universitarios. La sorpresa no fue mucha puesto que yo ya sabía desde hacía un año que ella vivía por la zona, del mismo modo que ella sabía que yo acostumbro acampar por la zona. Sin embargo lo que yo no sabía era que aquella era su casa, a pesar de haber pasado en infinidad de ocasiones por delante en mis anteriores recorridos atléticos. Parada y saludo. Fórmulas de manual rayando la cortesía.


- ¡Qué alegría verte tan bien!
- Lo mismo digo. Así que esta es tu casa. Mira tú por dónde, con la de veces que pasé por delante.
- Es que resulta difícil de explicar.
- Bueno, siempre… en fin, ahora ya te tengo localizada.
- ¡Venga!¡No te pares que luego te coge el frío y ya se sabe!
- Pues sí. ¡Venga! Hasta luego!

Una lástima que los seres humanos, especialmente cuando las relaciones son entre entes de distinto sexo, nos pongamos autolimitaciones por miedo a que alguien entienda cosas que ni existen ni tienen por qué existir. Diríase que el compañerismo entre hombres y mujeres es una quimera, por no decir una falacia o una utopía. En fin, otra vez será… cuando no esté su marido delante… que pueda charlar un poco más con ella.

Tras esta fugaz parada de apenas unos segundos afronto los dos últimos kilómetros de ida (aún quedan los 8 de vuelta) con una larga y tendida ascensión hacia el “puerto” más destacado del día, y que tendré que afrontar en ambos sentidos: el de ida, más suave, el de vuelta muchísimo más duro. Bueno, depende de quién lo vea, porque muchos corredores prefieren las subidas a las bajadas… que también cascan lo suyo.

El regreso fue ya un descuento de distancia restante y un final de día maravilloso. Apenas crucé con tres o cuatro vehículos en todo el rato y quienes mejor me acompañaron fueron los miles de grillos que entonaban ya sus cánticos amorosos. Las primeras estrellas comenzaron a asomar tímidas en el cielo y el azul del cielo adquirió un embozo oscuro que todo lo envolvió. Así da gusto volver a los entrenamientos.



Fotografías tomadas de la web del restaurante "Culler de pau" dentro del Grupo Gastronómico Galicia (Nove)



Santander, en color y en blanco y negro



Volviendo a ver las fotos de la semana que pasé en septiembre en Cantabria me topé con las que saqué en la ciudad de Santander y alrededores. Me pareció curioso que las que saqué a elementos de la naturaleza lo hice en color y las que saqué a arquitecturas o elementos urbanos lo hice en blanco y negro... y es que mi cámara permite personalizar (sin tener que esperar a los programas de retoque digital) de diversas formas la toma de imágenes.



Supongo que los colores son una de las maravillas que la propia naturaleza cántabra nos transmite y es difícil, por no decir imposible, evitar su llamada de atención... especialmente cuando nuestro ojo está buscando el rincón preciso



o el momento exacto para lograr un encuadre conjugando el barco, el marco y la isla de Mouro.

A lo mejor la prisa nos hace perder un tanto la sensación real del momento, pero recuerdo que esas sombras del atardecer entre los pinos de la península de la Magdalena tenían unas tonalidades que no he conseguido captar ni en un 30 %... por ponerle un valor cuantificable.



Y la rompiente sobre la que se afanaban varios hombres buscando quizás esa lubina salvaje que entra con los últimos momentos del día y una marea alta en todo su esplendor no acaba de estar tan hermosa en pantalla como en el recuerdo del instante.



En otra tarde anterior, cerca del faro de Cabo Mayor, el sosiego que traen los últimos estertores del día quedó reflejado en color, pero con una escasa paleta de tonalidades anaranjadas y azules.



Y las abruptas rocas sobre las que se asienta el faro, trasluciendo una estratigrafía perfectamente delimitada, se dejan retratar con gran facilidad. Diría que son fotogénicas las arrugas de la tierra si no fuera porque sería una versión patética del lema publicitario (la arruga es bella) de un paisano.



Por su parte, algunas arquitecturas urbanas llamaron mi atención poderosamente, como la "curiosa" iglesia de Santa Lucía, en plena zona histórica de la ciudad, con su pórtico tan clasicista... diríase sacado de algún lugar de Roma y trasplantado en Santander.



Y sus faroles elaborados en una suerte de hierro forjado son un claro reclamo al ojo del turista... una lástima no poder pasar por ese mismo lugar de noche para comprobar el efecto lumínico sobre tan destacada arquitectura.



En el puerto me llamó la atención una vieja grúa (de 1896), actualmente monumento a una época que pasó, en pleno Muelle de Maura, testigo de un mundo ya perdido y símbolo de la unión de la ciudad con el mar del que durante tanto tiempo vivió.



Las ciudades suelen hablarnos sin demasiado ruido, y sólo hay que dejarse llevar por los elementos que van saliendo a nuestro paso para paladear sus entretelas.

Alegría en La Salvé



De la montaña al mar como si nada.

Eso es lo bueno de Cantabria, entre otras muchas cosas. Le sucede como a mi ciudad, pero a lo grande. En Vigo no tenemos montañas tan altas, aunque algunas sí muy hermosas, ni playas con aguas tan calentitas, pero sí tanto o más bellas.

El caso es que en Laredo el agua del mar estaba tan apetecible



y la de las charcas que la bajamar había dejado estaba aún más templada,



que resultó una delicia chapotear durante casi una hora...



la que tardó la marea en anegar esas cálidas lagunas.



Imposible no saltar de alegría



mientras la marea no terminara de subir.



Las fotos, como siempre, mías. Si os gusta alguna no os cortéis.

Picos de Europa desde el Valle de Camaleño y Fuente Dé.



Los Picos de Europa son imponentes los mires por donde los mires. Si el otro día os los mostraba desde la vertiente asturiana, hoy os los pongo desde el este.

El valle de Camaleño ofrece impresionantes vistas de estos viejos gigantes ibéricos, un nutrido grupo de cumbres no excesivamente altas (ninguno llega a los 3.000 metros) pero sí muy hermosas desde la mirada de un amante de la escalada, con sus piedras calizas y sus paredes en muchos casos verticales.

Desde las proximidades de Santo Toribio de Liébana (uno de los puntos neurálgicos de la comarca lebaniega) aún semejan lejanos esos montes aguerridos, fuertes y recios; ásperos en contraste con las verdes laderas más próximas.



Bajando al valle, en Los llanos, donde viejas casas de piedra y madera soportan estoicamente el abandono forzoso que impone el aislamiento al lado de novedosas casas de "turismo rural", se hacen más rotundos aun apenas vistos sobre los tejados.



Y a pie de teleférico, en Fuentedé, donde el turista de ocasión se mezcla con el senderista de fin de semana, el montañero aficionado y el escalador de pies de gato y carbonato de magnesio, las proporciones toman una escala real que asusta a los desprevenidos.




No digamos ya cuando se ha llegado al mirador de El Cable y se vuelve la vista atrás (más bien abajo) para apreciar la considerable distancia (750 metros de desnivel)salvada en apenas unos minutos (poco más de 3).



El valle, al fondo, empequeñece nuestro espíritu y nos devuelve a otra realidad posible... la que nos marca la naturaleza.



Dirigiendo nuestra mirada al sur perdemos la noción de distancia y tamaño, pues todo parace ya de otra dimensión. Bien visto, la Cordillera Cantabrica no es sino un dibujo sobre un plano.



No obstante conviene girar sobre nuestros talones, ya que el aliento de la montaña sopla suavemente en nuestras nucas. Es Peña Vieja, con sus 2617 metros, el pico más alto de Cantabria, que nos llama desde las alturas.



Pero antes de llegar a sus pies el paisaje nos muestra lo largos que pueden ser los senderos en medio de tanto pico: la ruta hacia Horcados Rojos, pasando por la Vueltona.



Una vez llegados a los pies de la Peña Vieja se nos muestra otra ruta más cómoda, que nos llevaría a las praderías de Áliva y también a un hotel refugio. Pero ni tenemos tiempo ni medios para perdernos por estos montes, así que dejamos para mejor ocasión unas vacaciones más salvajes y volvemos sobre nuestros pasos.



De vuelta al valle recordamos lo grande que es la naturaleza cuando alzamos los ojos al cielo y tardamos en encontrarlo, allá detrás de la vieja Peña Remoña, orígen del rio Deva.



Y prometemos volver mejor equipados y dispuestos a afrontar el reto de la montaña en compañía de una información de primera mano, lo que siempre es de agradecer.

Fotos del autor. Si pincháis encima podréis verlas en la mitad de su esplendor original.

Arte medieval y arte natural (Cangas de Onís)



Finalizando el mismo viaje hicimos otra parada casi de rigor. Si a la ida hicimos un alto en Escalada, a la vuelta fue la cara occidental de Picos de Europa la que nos retuvo.


El río Sella justo antes de llegar al puente.

Como queríamos ver la montaña en todo su frescor preferimos hacer noche cerca, y qué mejor lugar que Cangas de Onís, con su puente mal llamado "romano" (ya que su construcción seguramente date del siglo XIV) pero con toda probabilidad erigido sobre una base romana.


Bonito en escorzo y apaisado

De hecho se puede trazar una línea recta imaginaria perfecta entre un par de puntos de las bases del mismo e imaginar a qué altura estaría el "ándito" o calzada de la construcción romana original.


Hermoso reflejado en el agua y en vertical

En cualquier caso, el puente actual es fotogénico lo saques desde donde lo saques y con cualquier encuadre. Es lo bueno que tienen las obras de arte auténticas, que son buenas se vean como se vean aunque tengan originalmente una función más práctica que estética.


Poderoso visto de frente en todo su esplendor

De mañana temprano, para evitar la aglomeración que suele producirse a mediodía, subimos hasta los lagos de Covadonga, el lago Enol y el lago Ercina (el tercero en discordia, el Bricial, no pudimos verlo porque no era época de deshielo y por tanto no era posible observarlo) y allí admiramos la belleza natural de un paisaje amenazado por la presión que supone su atractivo turístico.


El lago Enol desde uno de los lugares donde se vuelve más fotogénico

Menos mal que (se supone) hay un control de acceso a los vehículos particulares... aunque dependiendo de la época del año ese control es mayor o más relajado. Debió tocarnos temporada baja, pues pudimos subir hasta los aparcamientos más remotos... lo cual nos vino bien porque mi hijo pequeño aún lleva mal lo de andar más de un par de kilómetros.


El lago Ercina con Picos al fondo

Aún así considero que el número de visitantes a la zona es excesivo y peligroso para el adecuado mantenimiento ambiental, pero cada cual que explote sus recursos turísticos como tenga a bien entender... como sucede con las minas de Buferrera, también visitables y situadas dentro de la misma área geográfica.


Vista de la zona de la Minas de Buferrera(el hombre creando paisaje)

Fotografías del autor. Si pincháis encima las veréis mucho más grandes. Si os gustan podéis usarlas para vuestro uso privado. Gracias. Creo que a eso le llaman copyleft.

San Miguel de Escalada: una joya estropeada



En septiembre pasado me tomé una semana de vacaciones para volver a visitar
Cantabria. Hacía muchos años desde la última vez que estuve por santanderinas tierras y, aprovechando que a los niños y a mi mujer les apetecía mucho ver el Parque de la naturaleza de Cabárceno, allá nos fuimos.






Sin embargo hoy os traigo algo que tenía ganas de volver a ver, y que caía de camino (apartándonos un poquito de la ruta) a nuestro destino final. Se trata de lo que queda del Monasterio de San Miguel de Escalada, compuesto por un conjunto de dos edificaciones: la vieja iglesia de San Miguel (del siglo X) y la capilla y torre de San Fructuoso (del siglo XII).






A mi lo que realmente me interesaba era volver a ver la joya del siglo X que había visitado con gente de mi vieja facultad de Geografía e Historia y dirigidos en la ruta por mi bien preciado profesor Moralejo (del que ya he hablado en alguna otra ocasión) aunque las obras de esta época no fueran su especialidad.


No me extenderé en apreciaciones técnicas ni artísticas porque para eso están los libros de arte y las enciclopedias y quien quiera saber más sobre esta construcción tan bien conservada ya sabe lo que tiene que hacer.


Vídeo sobre la iglesia mozárabe (Artehistoria.com)

Sin embargo no puedo evitar llamar la atención sobre la gran chapuza que hicieron según mi corto entender los técnicos de la Junta de Castilla y León cuando decidieron instalar un extraño cubo metalico justo a escasos 20 metros del conjunto. En mis fotografías tuve que hacer auténticos números para no sacarlo, puesto que rompe totalmente con la estética del lugar. Sin embargo os dejo al final un vídeo en el que se critica precismante eso que definen como "bodrio".


Vídeo realizado por la Junta de Castilla y León en el marco del proyecto "Escalas"

Y es que para ilustrarnos sobre las peculiaridades de la obra arquitectónica y de las labores de restauración y "puesta en valor" del monumento no hacía falta más que poner un par de paneles debidamente colocados en las proximidades del acceso a la misma en vez de una mamarrachada de "presunto" diseño moderno que, eso sí lo hace a la perfección, contrasta a más no poder. Sobre el tema han escrito ya otros... e incluso hay quien ha preferido pasar a la acción directa.


El "bodrio" perpetrado por la Junta de Castilla y León

Nota: Fotografías del autor. Si queréis verlas en mayor tamaño sólo tenéis que pinchar sobre ellas. Merece la pena ver los detalles decorativos.