Cinco días es el tiempo que resta para que vuelva a correr el maratón de Madrid. Llevo cuatro meses largos entrenando cinco días a la semana para que me salga mejor que el año pasado. Sin embargo esta noche eso fue lo de menos.
El entrenamiento de hace un rato consistió en correr fácilmente durante una hora. Nada más y nada menos. Hacía mucho tiempo que no me olvidaba completamente de controlar mi ritmo, mi respiración, mi zancada, cada minúscula sensación en las piernas, en cada latido... en lo bien o mal que entra y sale el aire de mis pulmones.
Esta noche he vuelto a escuchar el crujido añejo de las maderas del puerto deportivo curtidas por la sal y el sol. He vuelto a henchirme del aroma almibarado de la glicinas por el simple placer de respirar. He recuperado la admiración por cada ola que golpea el casco de los veleros, por el tenue silvido del aire en sus jarcias y el cabeceo rítmico que parece saludar a quien a su lado pasa. He descubierto que a la luz de los focos del puerto también hay murciélagos revoltosos en discreta cacería, y que los amantes susurran deseos a esa media luna que hoy nos inunda.
Todo eso y más estaba ahí, pero había dejado de disfrutarlo. Espero que la renuncia haya merecido la pena y que, a la vuelta, todo siga en su lugar para volver a gozar de los anocheceres de mi puerto de Vigo.
Nota: Las fotografías son de mi zona habitual de entrenamiento, aunque algunos detalles han cambiado desde que las hice, hace ya casi dos años.



