Aunque pudiera parecer que con esta entrada pretendo daros envidia, nada más lejos de la realidad. Esta entrada es un regalo a quienes no pueden tomarse unos días de vacaciones en esta época del año en que casi todo el mundo desaparece de la ciudad para perderse en otro ambiente, recargar pilas y aparecer como nuevo al cabo de un tiempo.
Aunque estoy en una zona llena de pequeñas playas más o menos acogedoras la estrella indudable de la zona es la playa de A Lanzada donde, curiosamente, el que esto suscribe dió sus primeros pasos sin ayuda de nadie.

Como el tiempo no siempre invita a tomar el sol, bucear, remar en piragua o trotar por las colinas que, junto con leer y ver alguna que otra película en DVD que me he traído, son mis principales actividades durante estas vacaciones estivales, de vez en cuando me doy un paseo en compañía del resto de la familia por la playa.
o por el paseo de madera que se asoma a la playa y nos eleva por encima del sistema dunar que caracteriza el istmo que une o Grove a la comarca de O Salnés.
No todos los días son iguales, pero la vegetación, el cielo y el mar siempre están ahí, invitando al viajero ocasional o al turista reincidente a tomar un poco de aire bien yodado y fresco.


El mar en el horizonte nos ayuda a evadirnos de todo el ajetreo urbano
e incluso las nubes que presagian una ligera llovizna ayudan a pensar en naturaleza en vez de asfalto y hormigón a pesar de su plomizo aspecto.
En una misma mañana podemos encontrarnos, a la vuelta de media hora, un cielo entreverado de azul con un sol que pica sobre la piel semidesnuda
y lo que acaba de rematar la jugada es la envidia que nos dan esos jinetes asomados a ese mar que todo lo inunda a nuestra vista y que reverbera en tonalidades impronunciables.