Como hoy es el día de San Jorge y se celebra el Día del libro (últimamente estoy muy celebrante, por cierto... he de hacérmelo ver) me apetece contaros un par de anécdotas que me sucedieron con libros.Una de las relaciones más extrañas que he tenido con un libro ha sido con el Don Juan de Gonzalo Torrente Ballester. Empecé a leerlo sin referencia de ninguna clase, simplemente porque estaba en una estantería llena de libros en casa de mis padres. Bueno, alguna referencia tenía sobre el autor, ya que había asistido recientemente a una conferencia suya en el auditorio municipal de Vigo, si mal no recuerdo, pero no era una referencia específica sobre una obra suya determinada. Todo lo contrario, ya que casi todas las preguntas que el público le había hecho tenían relación con los libros que habían dado lugar a la serie de televisión "Los gozos y las sombras"... muestra evidente de que casi nadie en aquella sala había leído ni una sola linea del ilustre ferrolano.
De aquella conferencia había sacado yo en conclusión que Don Gonzalo era un hombre afable, encantador y con una vida llena de historias que bien pudieran suplir mi falta de abuelos. Lo digo por las típicas bromas que se hacían tiempo ha sobre las batallitas del abuelo.
Gonzalo Torrente Ballester (fotografía obtenida en Google)
El libro en cuestión se me atragantó al cabo de cuatro o cinco páginas y quedó de nuevo estacionado en su estantería durante al menos dos años, hasta que un buen día que no tenía nada mejor que hacer, volví a intentarlo... desde el principio de nuevo, claro. El caso es que en esta ocasión llegué como por arte de magia más allá de la página 30 y, de ahí en adelante todo fue coser y cantar. Desde entonces tengo claro que cada libro tiene su momento y cada momento pide un libro.
Edición moderna del Don Juan de Gonzalo Torrente BallesterEl libro de Torrente me encantó, me encandiló, y eso que yo sólo contaba con 15 años de edad. A lo mejor por eso lo que más alucinado me dejó fue la versión que del pecado original se elabora hacia el final de la obra, si mal no recuerdo. Me pareció deliciosa y mucho más creíble que la patética historia de Adán y Eva estropeándolo todo por culpa de una mísera manzana y una serpiente de tres al cuarto.
A día de hoy el Don Juan de Torrente es uno de mis libros favoritos aunque nunca he vuelto a leerlo entero. De hecho nunca he leído entero dos veces un mismo libro, al contrario de lo que sí hace mucha gente que habitualmente practica el sutil arte de sumergirse entre las solapas de un libro para desaparecer del vulgar mundo que nos rodea.
Otra anécdota curiosa, a buen seguro más que la que acabo de contar, tiene relación con la obra La peste de Camus. Es otro de esos libros que no empecé con buen pié. A las 20 páginas aproximadamente se quedó estancado en su huequecillo polvoriento de nuevo, y condenado al ostracismo durante tres o cuatro años.
Un día que estaba embutiendo cosas en una mochila para llevarme a un campo de trabajo situado en un albergue de montaña del Parque Nacional de Peneda-Gêres (Lindoso se llama el pueblo más cercano) posé mi mirada sobre ese libro que tan duro de tragar se me había hecho y decidí volver a probar suerte.
En esta maravillosa poza nos bañamos en más de una ocasión.Los primeros cuatro o cinco días me dediqué a parlotear y convivir con los portugueses, alemanes, franceses y españoles que convivíamos en aquel lugar apartado y tranquilo; a comer las delicias que algunos otros eran capaces de prepararnos; a beber las maravillosas cervezas bien frescas que suponían uno de los mayores lujos de aquel albergue (pousada de juventude); a pasear por los alrededores y a practicar el algo de inglés que con 18 años malamente se domina.
El libro seguía en la mochila y tampoco le había prestado mucha atención. De hecho lo había llevado por si en algún momento surgía la posibilidad de echarle un vistazo remolón. Sin embargo una tarde de sol en que el calor era demasiado para que nos compensara recorrer el par de kilómetros que mediaban hasta la poza más cercana, y lo mejor era conformarse con el chapuzón de urgencia en una especie de pilón gigante para que las vacas abrevaran, una compañera portuguesa decidió ponerse a leer a Saramago tumbada en una toalla sobre la hierba. Otra portuguesa se animó con otra novela. La monitora alemana, por su parte, llevaba días rumiando Cien años de soledad (en traducción alemana, claro) pero hasta ese momento nadie más había tirado de libro para matar las horas de estío, así que yo me dije que esa era una buena ocasión para desempolvar La peste, como finalmente hice.
Dicho y hecho. Empecé a eso de las 3 de la tarde y, como por arte de magia, el libro me atrapó de un forma que pocos libros más han conseguido. Seguí leyendo linea tras linea, página tras página, con una avidez fuera de lo común, máxime tratándose de una obra -a priori- nada fácil. Llegó la hora de ir a cenar unos deliciosos pollos asados en las brasas del hogar por uno de los monitores portugueses (tocaba prácticamente a pollo por cabeza) y el menda seguía con la cabeza incrustada en las palabras de Albert Camus. Acabada la cena seguí leyendo. La noche poseía esa frescura que las montañas aportan en cualquier época del año, y el hogar donde poco antes habían asado los pollos se encontraba ahora rodeado de gente charloteando, bebiendo vinho verde, cerveza, café... fumando SG Gigante o SG Vintil... y leyendo. Panorámica que se domina desde el albergue donde leí La peste.
En aquel maravilloso ambiente, con el calor tenue de la lumbre a un lado y la suave luz de las llamas bailando sobre las letras impresas, avanzaba apurando los tragos hacia el desenlace de la obra. Por el camino un personaje llamó poderosamente mi atención. Su historia personal me conmovió de tal forma que, conforme las páginas iban a menos, una idea loca se apoderó de mi corazón: quemar el libro en cuanto lo hubiera leído. A mi lado seguía la portuguesa estudiante de filología clásica que estaba a vueltas con Saramago, y con la que había establecido casi sin quererlo una especie de complicidad a lo largo de las horas de lectura ensimismada. El libro se terminó y yo procedí a ejecutar, nunca mejor dicho, mi sentencia para con el libro. Serían las dos de la madrugada, minuto arriba, minuto abajo. Sujeté por las tapas duras aquella obra de arte y, juntando portada y contraportada, introduje entre las llamas las hojas que acaba de asimilar. Mi compañera de lecturas se abalanzó sobre mi con cara entre histérica y sorprendida e intentó rescatar del fuego salvífico a mi víctima, pero no fue capaz.
Albert Camus (fotografía buscada en Google)Paré momentáneamente el proceso de incineración y le expliqué mis motivos. No sin esfuerzos fue capaz de asumir mis intenciones y, vencidas sus reticencias, continué hasta alcanzar un nivel suficiente de destrucción del libro. Las tapas estaban prácticamente intactas, pero nunca más nadie sería capaz de leer una sola linea completa de la novela. Grand, el personaje que había llenado folios y más folios con la primera y única frase de su novela perfecta, de su obra maestra, había sido acompañado en el sentimiento. Aquel hombrecillo que trabajaba como funcionario y que dedicaba la mayor parte de su tiempo libre a pulir y modificar una y otra vez el arranque de la que algún día sería su novela tenía en mi a alguien que creía entenderle.
La peste de Albert Camus (en edición italiana)La portuguesa que aquello presenció debió creer que estaba absolutamente loco (maluco, dicen ellos) a pesar de mis explicaciones. Yo guardé los restos calcinados en una bolsa y me los traje para Vigo. Durante años formaron parte de la decoración de mis sucesivas habitaciones de estudiante en los años universitarios en Santiago de Compostela y dieron lugar a infinidad de conversaciones en las cuales narraba con más o menos éxito este historia que acabo de plasmar por primera vez en mi vida por escrito. Actualmente siguen en una caja que guardo en el trastero de mi casa, junto con todo aquello que me siguió en los años de vida estudiantil y que preservo por pura nostalgia.