Para mi tras la muerte no hay nada. Para otros puede haber un consuelo, una esperanza, un más allá. El sábado estuve en el funeral de una tía carnal y, sinceramente, me entraron ganas de reír a carcajadas. El espectáculo de ver a unos hermanos que llevaban años sin hablarse dándose la mano, abrazándose y dándose un pésame más fingido que otro poco me hizo pensar en la hipocresía que encierran todos estos rituales. Yo mismo estaba, por pura educación, en una ceremonia religiosa en la que no creo y en la que no participé activamente. Pero lo hice porque había que estar: la educación u el respeto no debería estar reñida con las ideas. Mientras el sacerdote parloteaba mi cabeza vagaba en torno a cómo me gustaría que fuera mi "funeral" (por llamarlo de alguna manera) y no llegué a ninguna conclusión clara, aunque había dos opciones más o menos interesantes y, en el fondo, no tan diferentes.
y, eso sí, en ambas opciones barra libre y autobús de retorno, que la Guardia Civil no perdona.