Lecturas de verano (Tomo III)


Cuando uno se enfrenta a un título como éste ya sabe qué es lo que va a encontrar... y es que el verano está lleno de estos momentos intranscendentes en que lo que a uno le apetece es echarse unas sanas risas mientras su cuerpo se dora sobre una tumbona al borde de la piscina o una toalla arrimada al mar. Si sois aficionados a los monólogos que tan de moda se han puesto en nuestro país aquí tenéis a uno de los mejores. Este paisano (de La Coruña, pero paisano al fin y a la postre) tiene el don de hacer que la más nimia de las cosas que nos rodean en la vida diaria ("los eventos consuetudiarios que acontecen en la rúa", según versión ampulosa de don Antonio Machado en su "Juan de Mairena") cobre vida y significado nuevos. Por algo le llamaban el rey de las cosas pequeñas y así se nos presenta en su página web. Y es que tanto en sus monólogos como en sus libros o en su blog este chaval se nos presenta como un más que aventajado alumno en el campo de las greguerías que Don Ramón Gómez de la Serna elevó a categoría de arte. No esperéis encontraros en esta obra nada más y nada menos que un buen fajo de risas y sonrisas agazapados entre sus páginas. ¿Qué mas se le puede pedir?




Parte de este monólogo da origen al libro. No os lo perdáis.

  • Maldito Karma (David Safier)

    Esta novela de autor alemán es la demostración palpable de que ser alemán no es indicativo de seriedad y aburrimiento. La imaginación un tanto surrealista del autor (en momentos determinados recuerda las historias imposibles del autor de “El barón rampante”, “El Vizconde Demediado” o “El caballero inexistente”) demuestra que ha leído mucho para, al menos, ejercer su profesión de guionista de series de televisión a la perfección. Otra prueba de ello es que bebe de las mismas fuentes que otro ilustre escritor mediático (el toque irónico y moral podría haber salido de la pluma del autor de “Charlie y la fábrica de chocolate”, "Matilda" o la absolutamente delirante “Mi tío Oswald”). Evidentemente no estoy hablando, en ningún caso, de lo que se ha venido en llamar “gran literatura”, sino más bien de novelas de usar y tirar que tienen el suficiente gracejo y originalidad para llamar la atención durante una temporada… dos a lo sumo… y para eso cambiando de país y de lengua previa visita del autor, firma de autógrafos y paseo publicitario por los programas de entrevistas de varietés más destacados de la parrilla. Sin embargo recomiendo la lectura de este libro como un gratificante ejercicio de evasión que, sin embargo, puede incluso dejar un ligero poso moral (demasiado evidente en algunos momentos puesto que recurre a la figura de uno de los hitos del pecado en estado puro junto a nuestro Don Juan) que compensa los euros pagados por su adquisición (a mi me lo regalaron). Buena lectura para tomar el sol en el porche de la casa de turismo rural, en la tumbona de la playa o en el sofá al lado de la chimenea (no es preciso que sea durante unas vacaciones de verano ni siquiera durante un puente otoñal).

Lecturas de verano (Tomo II)


Los siguientes libros en que me centré este verano fueron dos de una misma
autora, a la cual descubrí por accidente. Me había llamado la atención el título de una novela y probé. Me gustó de tal forma que en la siguiente ocasión en que pasé por una librería me compré los tres ejemplares que quedaban de otras tantas obras suyas. Una de ellas cayó allá por el mes de marzo, pero las dos restantes tuvieron que esperar a que llegara el verano.

  • El sabotaje amoroso (Amelie Nothomb) fue la tercera lectura que hice de esta autora belga y supuso una decepción frente a la maravillosa impresión que dejaron en mi sus novelas "Biografía del hambre" y "Metafísica de los tubos". Si bien las tres obras mantienen una linea temática común, como es el carácter presuntamente autobiográfico, tanto el enfoque como la técnica narrativa son lo suficientemente distintos como para semejar obras, como poco, de etapas vitales radicalmente dispares si no ya de autores diferentes. La niña absolutamente divina (en sus prerrogativas como dios todopoderoso y omnisciente) de su "Metafísica..." se ha transformado en la sumisa víctima propiciatoria de su amor incondicional e irracional por una "lolita" apenas consciente de esta condición. Incluso el escenario en que transcurre la acción cambia radicalmente. Se sustituye la admiración por los paisajes y la forma de vida japonesa por el desprecio más absoluto hacia el "guetto" donde es recluída en China su familia y el sucio, vulgar y mediocre ambiente que domina ese mismo país. Si bien es cierto que hay un lapso de publicación entre la primera y la segunda obra de 11 años (frente a sólo 4 entre la segunda y la tercera) en medio de los cuales publicó un montón de obras (hasta 16 según acabo de comprobar), la diferencia es tal que -repito- me decepcionó profundamente el viraje radical en su rumbo literario. El problema que le encuentro a esta obra es que ni resulta tan fantásticamente increíble como otras ni consigue enganchar con esa fibra del corazón que hace que el lector pueda llegar a identificarse con el/la protagonista. A lo mejor es problema de quien esto suscribe. No puedo decir que no sea así. Admito sugerencias y opiniones al respecto. ¡Faltaría más!

  • Estupor y temblores (Amelie Nothomb) dista, por su parte, 6 años de "El sabotaje amoroso", sólo 2 años de "Metafísica de los tubos" y 5 de "Anatomía del hambre" y en ella se nota ese estilo irónico, ágil y tan personal que me conquistó en las obras que me llevaron a enamorarme secretamente de esta autora absolutamente delirante. No soy ni pretendo ser un experto en literatura, pero su estilo me pareció muy fresco y personal, con un universo creativo entre satírico y mordaz absolutamente único al que no sabría muy bien con quién encontrarle parentesco. Como mucho podría buscarle ciertas concomitancias con autores del llamado teatro del absurdo y, probablemente (aunque no he pasado de la poesía) con autores japoneses (algo perfectamente plausible dada su admiración, aunque en esta obra en particular pudiera parecer lo contrario, por la cultura nipona). Ella misma, personaje principal de la novela, sufre no sólo los efectos de la despectiva opinión que los mediocres occidentales despertamos en la cultura nipona, sino también los propios de sus reconocidas limitaciones matemáticas en una gran multinacional donde , en vez de escalar posiciones, desciende a los abismos "sanitarios". En definitiva, y sin ser una literatura de gran peso específico, resulta un autora atrayente de la que recomendaría al menos tres de las cuatro que he leído. Sobra decir cuales.

Fotografías obtenidas del foro "Le voyage nothombien" y del album de fotobucket de ari_the_ant

Lecturas de verano (Tomo I)


Como ya comenté en mi última entrada, tengo temas para dar y tomar entre manos, pero la falta de tiempo y los diversos problemas informáticos (hay que ver qué cantidad de averías sufren las lineas de cable en Galicia últimamente) han hecho que me retrase.

Además, la primera de las entradas previstas fue creciendo y creciendo sin medida, así que al final la voy a fraccionar en cuatro o cinco, que publicaré en breve. Hoy, la primera dosis de literatura (y cine). ¡Ahí va!

* * * * * * * * *

Entre otras cosas el verano se caracteriza por animarnos a leer cosas más fáciles de digerir de lo acostumbrado. Como además solemos disponer de más tiem
po para dedicar a nuestras diversas aficiones, se produce (al menos en lo que a la lectura se refiere) una repentina avalancha de libros que pasan por nuestras manos como si de granos de arena se tratara. Estos tres son los primeros que devoré.


  1. Del Norte a Jerusalem.
  2. El caballero templario.
  3. Regreso al Norte
A lo largo de tres largas novelas se nos traslada desde Suecia al eterno conflicto de Oriente Medio pero en pleno siglo XII. Su protagonista, Arn Magnusson, es víctima de un accidente casero en su más tierna infancia. Como sobrevive milagrosamente, previo ofrecimiento de su alma a Dios por parte de sus padres, su destino sufre un giro radical: es enviado al cisterciense convento de Varnhem, donde es instruído por un ya retirado caballero templario.

No haré un resumen del argumento porque eso puede hacerlo cualquiera con dos dedos de frente. Lo que quisiera comentar sobre esta trilogía es que está históricamente mucho mejor que otras obras ambientadas en el mismo contexto (de hecho más de uno en la red no ha podido resistir la comparación); que aporta una visión muy interesante del conflicto político y religioso entre cristianos, hebreos y musulmanes; que su autor ha realizado un sólido estudio de la ciencia militar y política de la época y que permite extraer lecturas y conclusiones que van más allá de la simple novela de ficción histórica que se supone que es.

Desde mi humilde punto de vista es todo un descubrimiento (aunque no haya sido editado recientemente, claro). Quien no quiera leer los libros siempre puede ver la película (aunque yo nunca haría lo segundo sin haber hecho antes lo primero) y quedarse a medias... y eso que es de nacionalidad y estética sueca.

Como no la he visto, pero sí diversos comentarios sobre la misma, de lo leído deduzco al menos un par de cosas:
  1. Si ya es normalmente difícil trasladar de un modo medianamente fidedigno una obra literaria al celuloide, hacerlo con una trilogía tan voluminosa como ésta resulta absolutamente imposible.
  2. A pesar de esta limitación el resultado, cinematográficamente hablando, semeja no defraudar, salvo que no soportes el cine de tradición nórdica donde una mirada o un gesto resultan mucho más expresivos que páginas y páginas de texto.
  3. Cine europeo pensado para europeos que prefieren un buen guión a grandes efectos especiales (y aún así la película marcó un record presupuestario en el cine sueco).


Trailer de la película "Arn, el caballero templario"

Dos enfoques para un mismo objetivo



Soy consciente de que llevo una temporada actualizando muy poco, pero no es por falta de ideas, sino de ocasión para ponerme a plasmar en el ordenador toda esa efervescencia mental que me quema por dentro. De hecho tenía una entrada en mente sobre los libros que he estado leyendo este verano, otra sobre el maratón fotográfico en el que he participado, otra sobre mis próximos objetivos atléticos, otra sobre la importancia de ciertos detalles de la vida política y social de este país… en fin, será por temas. Algún día caerán… o no.


Una de las peculiaridades de este rinconcito de mi vida es que, a pesar de que algunas de mis mayores pasiones son materia de incontables blogs por el mundo adelante, no es esa la visión que yo tengo de lo que es esta bitácora. De hecho, y si mal no recuerdo, pocas o ninguna vez ha hecho crítica literaria, cinematográfica o musical. De lo que sí estoy seguro es que, si la he hecho, ha sido colateralmente a otro enfoque principal y nunca como eje central del post.


Pues bien, esta vez voy a romper en cierta medida esa tendencia ya que voy a hablar en paralelo de dos películas que visioné ayer mismo de forma totalmente inesperada. De hecho de una de ellas no tenía ni la menor idea de su existencia hasta ayer mismo. La primera me la ofreció en préstamo una compañera de trabajo a la que se la acababan de devolver (aún hay más gente que yo que tiene la fea costumbre de comprar películas originales, por lo que veo). La segunda la había reservado mi mujer en el videoclub después de que una de sus hermanas se la recomendara, y yo no sabía nada hasta que la trajo a casa.

Fotograma de la primera de las películas (de Screenrush.co.uk)

De partida cualquiera diría que ambas películas tienen en común lo mismo que un huevo y una castaña, y de ahí lo extraño de la asociación de ideas que el bochorno nocturno unido a mi insomnio cuasi crónico provocó en mi cerebro a eso de las dos de la madrugada. Ahora pagaréis vosotros las consecuencias. ¡Qué se le va a hacer!


Si una es una comedia ligera americana la otra una pausada tragedia romántica argentina. Si una cuenta con un reparto angloamericano la otra recurre a algunos de los mejores actores del cono sur. Si una brilla por sus situaciones cómicas y sus gags la otra brilla por su fina ironía. Si en una el espectáculo se devora con patatas a las historias que nos narra en la otra las historias que cuenta son el caldo de cultivo de una forma cuidadamente fotografiada e iluminada.


No obstante ambas películas tienen una identidad ideológica que me dejó absolutamente sorprendido. Las historias, sin ser parecidas siquiera, cuentan con algunos elementos comunes: en ambos filmes una muerte violenta es el origen de la narración, en ambas hay un personaje que define claramente la entrega total a la vida como objetivo absoluto.

Imagen de la segunda película (de El Espectador.com)

La proclama que lleva al cantante de éxito a las manos de un asesino en serie y al alcohólico funcionario de juzgado a manos de una banda de matones a sueldo es la misma que define el comportamiento de la práctica totalidad de los personajes de ambas narraciones: una vida vivida en la mediocridad es una vida vacía y lo que realmente merece la pena es arriesgarse a caer en nuestras pasiones, sean estas las que sean, ya que son las que definen nuestra esencia como individuos.


Se puede estar de acuerdo o no con ese enfoque vital, pero no es eso lo que pretendo con esta entrada en el blog, ni es ese un debate que pueda tener una resolución fácil. Me llega con constatar como, partiendo de presupuestos artísticos, estéticos y culturales radicalmente distintos, se puede llegar a reflejar exactamente lo mismo.


Dicho esto cabría hacerse la pregunta sobre cuál de las dos recomiendo. Sinceramente, la respuesta es indiferente ya que el resultado final (vivir la vida sin imponerse restricciones a uno mismo) es idéntico aunque las sensaciones que dejan en el cuerpo son radicalmente distintas. Si en una la protagonista principal cumple su sueño de cantar en público ante 10 millones de espectadores en la otra el protagonista indiscutible por fin se decide a asumir esa historia de amor que ha reprimido durante años. La catarsis final en una es espectáculo puro en la otra es intimidad absoluta, pero en ambos casos la vida triunfa sobre la muerte y la autonomía personal sobre las convenciones sociales.


Una recomendación final: no veáis las dos películas el mismo día, como hice yo:




Ya me contaréis.



Primer entrenamiento en O Grove



Casi un año después del último que salí a rodar por O Grove, he vuelto a tomar contacto serio con su asfalto y sus onduladas carreteras. Atardecía ya cuando me calcé las viejas “zapas” Mizuno (las primeras que tuve de esa marca, y cuyo modelo a día de hoy sigue siendo un misterio sin resolver) a las que aún sigo sacando partido porque todo lo resisten las muy desgraciadas.

En el plan del día aparecían 16 kilómetros y, como no me acordé de traer el GPS con el que suelo salir a rodar, preferí no arriesgar por una ruta desconocida y tirar hacia una distancia que ya tengo controlada del año pasado. Ir y volver desde el camping hasta O Grove por la carretera que bordea la península del mismo nombre por el oeste y el norte suma esa distancia exactamente, e incluye un plus de cansancio pues cuenta con un par o cuatro de cuestas de las que realmente marcan la diferencia entre un perfil simplemente sinuoso y uno verdaderamente duro.

La temperatura, aunque algo elevada, resultaba agradable porque la eterna brisa que azota la costa de este municipio compensa con creces los efectos del calor. El sol, además, comenzaba ya a mostrar síntomas de cansancio en su declinar hacia poniente y sus rayos resultaban más agradables que apenas una hora antes.


Una de las vistas que puedo ver en mis entrenamientos

Ataqué la primera subida con ánimo y prudencia ya que era consciente del recorrido que me esperaba, pero aún así noté enseguida que mi estado físico era ligeramente mejor que un año atrás. En las primeras bajadas no me lancé a lo loco sino que, consciente de que lo que estoy preparando es un maratón (y además de montaña), preferí recuperar fuerzas sin acelerar el pulso más de lo necesario. Cuando uno está cogiendo fondo físico lo de menos es acelerar el corazón y lo más importante es acostumbrarlo a un esfuerzo constante durante un tiempo prolongado. Mientras eso sucede, el ritmo de carrera permite detenerse en el viejo hábito de comparar los recuerdos con el momento actual: un bosque de eucaliptos a la izquierda que ha desaparecido y ahora nos deja ver la isla de Sálvora recortándose contra el horizonte; otro bosque de pinos que ha desaparecido sin dejar mayor recado que un cartel de “Se vende” y un número de teléfono; un triángulo de unos 300 metros cuadrados al borde da la carretera que ha ardido no ha mucho… en fin, lo de siempre en esta tierra tan elemental.

Digo lo de elemental por varias razones, no siempre despectivas. Por un lado es bien cierto el hecho de que las cosas que cambian casi siempre son las mismas, y eso hace que ese “sota, caballo y rey” sea la base del progreso, o del simple cambio, o del paso del tiempo sin más florituras. Ahí es donde encaja a la perfección el calificativo elemental aplicado a mi tierra gallega. Sin embargo no es menos cierto que esta zona en particular (y cuando hablo de esta zona me refiero al Grove y a la isla de Ons y sus acólitas Onza y Onceta) se caracteriza por conjugar los cuatro elementos básicos que conforman el mundo, según el saber de los antiguos: la tierra en toda su simplicidad y su crudeza; el aire que nunca abandona su labor –como bien saben todos los que han vivido alguna temporada en esta avanzadilla sobre el atlántico- hiriente y balsámica; el agua que prácticamente rodea ambos lugares –si bien el Grove es una península el istmo que la une a tierra firme no es sino una lengua arenosa que el viento y las mareas han ido formando con el paso de los siglos- y que embravecido azota sus rocosas costas; y el fuego primigenio que tanto arraigo tiene (quien haya estado en Ons sabrá que hay tradición pirómana entre los isleños) y pasión levanta entre las gentes del lugar.

En fin, que al cabo de cuatro o cinco kilómetros, no sé exactamente cuántos, volví el rostro hacia el noroeste, y descubrí varias figuras encarnadas revoloteando en la línea que separa la tierra del mar. Los aficionados al “kite surf” encontraron que la brisa que a mi me refrescaba para ellos era el alimento que henchía sus velas, cuyo colorido, destacando en el contraluz, alegraba el paisaje aportando esa nota distinta.

Seguí mi camino intentando recordar cuándo tocaba subir y cuando bajar; cuándo el falso llano puede pasar factura y cuándo la cuesta no permite recuperarse del esfuerzo… y a la par encontré la misma viejecita acompañada por el mismo perro que un año atrás, tejiendo ella hermosas trenzas de cebollas otra vez, reposando su viejo cuerpo el animal en idéntica actitud indolente.

Unos metros más adelante recordé que tengo una cita pendiente con un restaurante de la zona descubierto con ocasión de mi tercer recorrido por esta ruta. Dos veces pasé delante de sus muros sin fijarme en las letras metálicas que decoraban una sencilla fachada de estética minimalista. La tercera me llamó la atención el atril con la carta, expuesto a la entrada, y no pude evitar interrumpir el entrenamiento para echar un ojo a la propuesta culinaria. No recuerdo ahora los detalles, pero sí la sensación de unos nombres no por rebuscados menos interesantes… y en ese preciso momento me prometí reservar una ocasión especial para cenar allí. Igual habría que esperar un par de años, ya que los niños aún son pequeños para atreverse con platillos de extraña factura, pero la idea fraguó en ese preciso instante. Sólo espero que el local resista los embates de la maltrecha situación económica del país y aguante al menos hasta que yo pueda encontrar la ocasión de ir. Creo que puedo seguir manteniendo la esperanza de ir algún día y catar sus delicatessen, la carta seguía puesta a modo de cebo en la puerta de entrada.


Uno de los "platillos" que nos ofrecen en el famoso restaurante... ¡qué pinta!

Pasé la “costa” y giré de nuevo. Con cada cambio de dirección la sombra que me acompaña con su rítmico movimiento de brazos y piernas gira y se encoje o se alarga sobre el asfalto, recortándose contra un muro de piedra o desapareciendo entre el matorral. El aire de mi respiración y el azote del viento contra mis oídos son los sonidos que acompañan cada nueva zancada, y mi cuerpo aprende a escucharse a cada paso, a identificar si va cómodo o forzado en relación a sus posibilidades y la dificultad que el asfalto le plantea. Cosas así me recuerdan lo bien que explicaba Haruki Murakami su afición a correr, y espero no resultar tedioso con la mía.

De repente en un jardín una escena familiar llama mi atención: una madre lanza una pelota a su hija ante la mirada tierna del padre. Mi trote llama su atención, supongo que por lo poco habitual de alguien corriendo por el lugar, y de repente descubro que esa madre es una vieja compañera de estudios universitarios. La sorpresa no fue mucha puesto que yo ya sabía desde hacía un año que ella vivía por la zona, del mismo modo que ella sabía que yo acostumbro acampar por la zona. Sin embargo lo que yo no sabía era que aquella era su casa, a pesar de haber pasado en infinidad de ocasiones por delante en mis anteriores recorridos atléticos. Parada y saludo. Fórmulas de manual rayando la cortesía.


- ¡Qué alegría verte tan bien!
- Lo mismo digo. Así que esta es tu casa. Mira tú por dónde, con la de veces que pasé por delante.
- Es que resulta difícil de explicar.
- Bueno, siempre… en fin, ahora ya te tengo localizada.
- ¡Venga!¡No te pares que luego te coge el frío y ya se sabe!
- Pues sí. ¡Venga! Hasta luego!

Una lástima que los seres humanos, especialmente cuando las relaciones son entre entes de distinto sexo, nos pongamos autolimitaciones por miedo a que alguien entienda cosas que ni existen ni tienen por qué existir. Diríase que el compañerismo entre hombres y mujeres es una quimera, por no decir una falacia o una utopía. En fin, otra vez será… cuando no esté su marido delante… que pueda charlar un poco más con ella.

Tras esta fugaz parada de apenas unos segundos afronto los dos últimos kilómetros de ida (aún quedan los 8 de vuelta) con una larga y tendida ascensión hacia el “puerto” más destacado del día, y que tendré que afrontar en ambos sentidos: el de ida, más suave, el de vuelta muchísimo más duro. Bueno, depende de quién lo vea, porque muchos corredores prefieren las subidas a las bajadas… que también cascan lo suyo.

El regreso fue ya un descuento de distancia restante y un final de día maravilloso. Apenas crucé con tres o cuatro vehículos en todo el rato y quienes mejor me acompañaron fueron los miles de grillos que entonaban ya sus cánticos amorosos. Las primeras estrellas comenzaron a asomar tímidas en el cielo y el azul del cielo adquirió un embozo oscuro que todo lo envolvió. Así da gusto volver a los entrenamientos.



Fotografías tomadas de la web del restaurante "Culler de pau" dentro del Grupo Gastronómico Galicia (Nove)



Un concierto a contrapié



Aunque os había comentado que mi idea era asistir al concierto de Alondra Bentley, finalmente las cosas se torcieron y no pude estar el viernes por la noche en donde quisiera. Como dicen por ahí, este fin de semana El Náutico desenpolvó su equipo de sonido y "levantó su telón de arena y salitre", así que no pude evitar unirme a la fiesta. Por eso me conformé con el concierto del sábado al que, al menos inicialmente, no tenía intención de asistir. ¡La carne es tan débil!.

Puede que precisamente ese "me conformaré con ir al concierto de hoy" fuera en parte culpable de mi inicial desidia. Asistir a un concierto "por curiosear" (ya que apenas había escuchado un par de canciones de Josh Rouse) y sin compañía no son los mejores ingredientes de una noche de sábado.

Por otra parte, ni las melodías que desde el escenario ambientado en un estilo hogareño (con un par de lámparas de pie, como para adornar un salón grande de casa) desgranaba un Josh Rouse poco comunicativo y tirando a tímido (no presentó ni uno solo de los temas, y eso que se supone que habla castellano), ni la formación (un sencillo trío compuesto por el propio cantante con su guitarra acústica, un contrabajo y otro guitarrísta tocando unas veces el tres y otras una acústica) ayudaba mucho a motivarme.



Y de pronto sucedió el milagro. Tras seis o siete canciones que ni iban ni venían, el trío decidió aprovechar una de las armas secretas de la sala El Náutico, el placer que obtienen ambas partes (músico y público) de un concierto más familiar y cercano que el que se puede vivir en una plaza en la que "el escenario está a dos metros de altura y hay un espacio de seguridad de 4 metros tras unas vallas". Por si no era suficiente con la proximidad del escenario, los músicos echaron pie a tierra y se metieron en medio y medio de la sala.






Sin amplificación; sin efectos de sonido; sin iluminación; y armados solamente con una lista de canciones previamente ensayadas se plantaron en medio de las poco más de cien personas que mostraban interés por el concierto dispuestos a metérsenos en las venas con un ramillete de melodías que se hicieron más cálidas, más humanas y, sobre todo, que llenaron el ambiente de un "buen rollito" más próximo al hippismo de los años 60 que al éxtasis rockero tan habitual en esa misma sala. El ambiente ganó puntos puesto que el escaso volúmen hizo que sólo quienes estuvieran dispuestos a disfrutar del concierto pudieran hacerlo. Y allí estaba yo, catando las esencias de un cantautor del medio oeste americano pasado por los cálidos ritmos mediterráneos.


Su "Quiet town" ilustra a la perfección su ambiente lírico personal

Cuando ya habían cargado bien las pilas del respetable, volvieron a subir al escenario para afrontar la recta final, con temas ya míticos que el público no dejaba de pedir en cada silencio entre melodías. Fue así como escuché un "Quiet town" o un "Sweetie" imborrables aunque nos quedáramos sin un "Sad eyes" que unas fans no paraban de pedir lastimeramente. Habíamos consumido hora y media larga de concierto y sólo al principio notamos el paso de tiempo. De menos a más, como debe ser. Un concierto redondo que culminó con la habitual participación de Miguel de la Cierva acompañando con su pedal steel guitar al artista del día.

La anécdota de la noche fue que pude conocer en persona (al menos verla) a la cantante que había querido escuchar. Alondra Bentley formaba parte del público que siguió las evoluciones de Josh Rouse... y es que Miguel de la Cierva sabe dar alojamiento a sus huéspedes. Ignoro si hubo algún extra de última hora (me retiré nada más acabar el concierto) pero no me extrañaría que se hubiera montado una jam sessión en algún rincón de la sala o en la misma playa en horas próximas al amanecer.


Vídeo comercial con el "buen rollito" que desprendió Josh Rouse en su concierto

P.D. 1 Gracias por la recomendación, Lila & Cloe. Sin vosotras seguramente me habría quedado durmiendo el sueño de los inocentes.

P.D. 2 Siento daros envidia, y sólo espero que no me peguéis por haber podido disfrutar del concierto.


Nota: fotografías "cogidas" de TodoGrove.com



El local de mis sueños en O Grove



Con la llegada del verano y del buen tiempo prácticamente todos los fines de semana me piro con mi familia al camping en el que, desde hace ya tres años, montamos una caravana durante toda la temporada (de junio a septiembre).


Hay varios factores que influyen decisivamente para que hayamos decidido no cambiar de camping ni de zona de acampada: las aguas impolutas, aunque frías, de la zona; un clima que hace que los calores estivales sean menos; un paisaje y unas puestas de sol que jamás me cansaré de ver; un turismo que aún no alcanza niveles de aglomeración; la relativa distancia, suficiente pero sin excesos, a mi ciudad; zonas agrestes por las que practicar mis deportes favoritos y, para acabar de rematarla, un local de copas y conciertos absolutamente extraordinario.

Así como en invierno la zona queda literalmente muerta, en verano tiene su vidilla... ¡y qué vidilla! El local, regentado por Miguel de la Cierva, es una referencia ineludible para muchos aficionados y músicos. Miguel, como buen profesional que fue y es de la música, mantiene sus contactos y se trae lo que le gusta. Él sabe que la mayor parte de sus fieles nos fiamos de sus gustos y de sus conocimientos del mundillo. Él sabe qué cosas hacen que un músico se sienta a gusto tocando en un local y qué alicientes hay que ponerle para que vuelva encantado una y ora vez. Por eso algunos de los grandes del panorama musical español caen y recaen en la tentación de tocar en un local tan pequeño como acogedor donde la sorpresa aparece de la mano de la imaginación.

De entre los fijos discontinuos de esta sala de conciertos destacamos a personajes como Coque Malla (en solitario y con Los Ronaldos), Miguel Costas, Iván y Amaro Ferreiro, Raimundo Amador, Alejandra Burgos, Super Ratones, Cromática Pistona, Hendrik Röver (con Los Esqueletos y con Los DelTonos), Mastretta... y un largo etc.

No tan asiduos, pero también pasarán o han pasado nombres tan conocidos como Ariel Rot, Cristina Rosenvinge, Nacho Vegas, The Ellas, Kiko Veneno, Pereza o DeLuxe entre otros muchos grupos y cantantes.



Además, también tiene la sana costumbre de programar actuaciones de cómicos y monologuistas como Luís Piedrahita (que ya ha perdido la cuenta de las veces que ha visitado O Grove), Eva Hache, los chicos de El hormiguero, Carlos Blanco o Goyo Jiménez... además de contar con los más pequeños de la familia, para los que es habitual que también se programen al menos un par de actuaciones de magia cada verano.

Míticas son además, sus fiestas de San Juan, con música en directo durante la cena (donde las sardinas y el churrasco a espuertas son ineludibles) y concierto hasta altas horas de la madrugada a cargo de dos o tres grupos. Ni que decir tiene que se agotan las entradas semanas antes.

Para acabar de aumentar la leyenda del local, el bueno de Antonio Vega llegó a pasar durante sus horas más bajas veranos enteros como "invitado" de honor en este rincón del noroeste peninsular, lo cual hace que flote una especie de aura en el ambiente. Quizás por ello mientras vivió era un fijo y ahora que no está se hace un concierto en homenaje a su figura. El año pasado ese concierto fue la primera ocasión en que los músicos de su banda volvieron a tocar juntos por primera vez desde su desaparición. Decir que la ocasión resultó única y mágica es quedarse cortos.



Mañana viernes volveré a pisar su suelo para deleitarme con una música que hasta hace unos días desconocía pero que me da en la naríz que voy a disfrutar mucho. Ya os contaré.